El IV Premio AVANZA de Microrrelatos ‘Historias de autobús’,
convocado por AVANZA y la Feria del Libro de Zaragoza, ha recaído en el relato ‘Cambio de
línea’
, de Julia Bellido Jiménez. El relato finalista ha sido ‘Líneas, paradas y tiempos’ de María
Paz Alvar, mientras que ‘Paradas pendientes’, obra de Daniel Garrido Arnaiz, ha obtenido el
premio en la categoría Juvenil. El relato ganador recibe un premio de 500 euros y el finalista de
200 euros, mientras que la categoría Juvenil está dotada con 100 euros canjeables por libros.
El fallo del jurado se ha hecho público esta tarde durante un acto, organizado en el marco de la
Feria del Libro de Zaragoza, en el que Ana Rodríguez, gerente de Comunicación de AVANZA en
Zaragoza, Ángel Gálvez, secretario general de la Comisión Permanente del Libro de Zaragoza
(COPELI) y Cristina Martínez de Vega, coordinadora de las actividades de la Feria del Libro, han
hecho entrega de los premios a los autores.
A este galardón literario, en su cuarta edición, han concurrido 268 escritoras y escritores con sus
relatos, lo que supone un récord de participación respecto a pasadas ediciones. El jurado,
formado por representantes de AVANZA, COPELI y las Asociaciones Aragonesas de Escritores,
Libreros y Editores, ha destacado la calidad literaria de los textos y su creatividad, así como la
puesta en valor del autobús en la vida cotidiana de las personas. El Premio AVANZA de
Microrrelatos pretende incentivar la creación literaria y la participación ciudadana, fomentar el
uso del autobús urbano y llevar el nombre de la Feria del Libro a todos los rincones de la ciudad.
CAMBIO DE LÍNEA
Se ha convertido en rutina llegar temprano a la parada para coger el treinta y cinco. Según Clara,
es más bien una obsesión. Qué quieres que te diga, si a poder elegir sitio en el autobús le quiere
llamar obsesión, pues estaré obsesionada. Entrar, picar el viaje, al fondo a la izquierda,
auriculares con cancelación de ruido, mirar por la ventana, un cuarto de hora, bajar, caminar,
trabajar, entrar, picar el viaje, al fondo a la izquierda, auriculares, mirar por la ventana, bajar,
llegar a casa. Hoy los auriculares no tienen batería y, por si fuera poco, el treinta y cinco ha
cambiado la ruta por obras. Hoy no hay rutina -o como dice Clara, obsesión-. Entrar, picar el
viaje, mantener el equilibrio en mitad del autobús, mirar a las personas, escuchar la risa del bebé
que sube con su padre en la parada del centro y darme cuenta de que la chica que siempre sube
sola realmente acompaña a su abuelo. “Perdona, ¿bajas en la siguiente?” me dice una vocecita
desde el suelo. Bajar, caminar, trabajar, entrar, picar el viaje, sentarme donde puedo, observar
el interior, bajar, llegar a casa. Se ha convertido en rutina no llevar los auriculares ni mirar por la
ventana. Según Clara, es más bien una obsesión. Qué quieres que te diga, si a descubrir la vida
le llama obsesión, pues estaré obsesionada.
Julia Bellido Jiménez
LINEAS, PARADAS Y TIEMPOS
Una escalera de caracol que sube a la planta de arriba. Se llama trolebús. Voy de la mano de mi
abuelo. Ventanillas abiertas, asientos de madera, tirar de un cable para bajar en el Parque
Grande.
Billetes de papel. Bonobuses de cartón donde se quedaba escrita la fecha de un cumpleaños,
del primer beso, de aquel día que nevó.
Los viajes al instituto, a la estación del Portillo, a un concierto en el pabellón francés, a las ferias.
Por favor, pasen a la parte trasera del autobús.
Atención, este recorrido puede sufrir desvíos. Mi profesora de Lengua, mis abuelos, mi amiga
Anabel. Mamá, ¿qué línea es la que sube al cementerio?
Te está mirando, ese chico de ahí te mira. ¿No te has fijado? Se sienta siempre que puede justo
enfrente de nosotras. ¿Qué dices? No seas tonta. ¿Te bajas en esta? Qué casualidad, igual que
yo.
Te presento a Javier, papá. Sí, nos conocimos en el treinta y ocho. Se apeaba dos paradas
después de la suya solo para coincidir conmigo. Y luego tenía que echar a correr si no quería
llegar tarde al trabajo.
Asientos para embarazadas, carritos de bebé. ¿Puedo tocar el timbre, mamá? ¿Puedo soltarme
cuando giremos en la Puerta de Carmen? Porfa, mamá. Verás como no me caigo.
Tarjeta digital, código QR, descargue la aplicación para pagar con el móvil. Siéntese aquí, por
favor. Muchas gracias, pero me bajo en la próxima.
María Paz Alvar Artamendi
PARADAS PENDIENTES
El autobús 33 olía a churros recién hechos que alguien subió desde la parada, donde el frío de
diciembre cortaba las mejillas y el aliento se convertía en nubes efímeras. Adrián lo sabía bien:
cada tarde, el mismo traqueteo, las mismas caras anónimas. Pero aquel día, encontró en el
asiento un mapa dibujado a mano con tinta azul. «Ruta de las cosas perdidas», decía. Siguiendo
las líneas, descubrió que cada parada marcaba un recuerdo abandonado.
En Avenida Madrid, el paraguas de su primer beso, aquel que dejó bajo la lluvia helada. En Paseo
Constitución, los lápices con los que dibujó su infancia, con manos pequeñas y sueños enormes.
En Plaza de las Canteras, una entrada rota de cine, la última película que vio con su abuelo antes
de que el tiempo se lo llevara. Recordó la risa ronca del anciano y cómo, por un momento, todo
pareció eterno.
Al final del trayecto, la última indicación lo llevó al espejo del conductor. «Aquí yace lo que nunca
te atreviste a llevar contigo», decía una nota. Adrián se miró fijamente. Supo entonces que no
hablaba de objetos, sino de sí mismo: sus deseos, sus palabras no dichas, su forma de mirar la
vida con miedo.
Cuando bajó, el mapa había desaparecido, pero en su bolsillo quedó el peso ligero de todo lo
que ya no extrañaba.
Daniel Garrido Arnaiz

