Amigos, sé que vivimos un tiempo doloroso, gris como el medio luto, o luto profundo, porque la pandemia se ha llevado a personas queridas.  Un cálido recuerdo para ellos, especialmente a Joaquín Carbonell, que estos días visitaría las casetas.  Pero quiero alzar mi voz de pregonero, encargo del que me siento honrado, para afrontar las dificultades y derramar optimismo porque hoy festejamos que sale el libro a la calle.  El libro, quizá la creación más delicada de nuestra especie, ha sobrevivido a las hogueras y a las epidemias. Como los libros, también esta batalla la vamos a ganar.

En este extraño oficio de escritor me he preguntado por el origen, ¿cómo surgió la ficción? Indagando en la cuestión he leído a Dutton, a Harari, a O. Wilson y al mismo Darwin.  Os invito a recrear este momento.  Os traslado a la aurora de la Humanidad, 90.000 años atrás, con la literatura todo es posible.

Un cromañón vio morir a su madre.  Aquella mujer, además de amamantarlo y vigilar su infancia, le había enseñado a recelar de la víbora, a desollar un conejo y curtir su piel, a conservar el fuego en la caverna…  Ahora los ojos de la madre estaban secos y el cuerpo frío como la piedra.  El cromañón aulló como un lobo dirigiéndose a lo alto, un cielo de hulla.  Se enfrentaba a un barranco cognitivo insalvable, el que iba a marcar a toda la especie.

¿Por qué?

Entonces buscó en el fondo del cerebro el sementero de las palabras y creó la fábula del valle fértil, donde viaja el espíritu de los difuntos. Había inventado la ficción germinal que iba a acompañar la evolución de la especie. El cromañón decidió inmortalizar el trascendente hallazgo, así sellaba el pacto con el  valle fértil.  Los cadáveres  de los animales se pudrían a la intemperie o eran devorados por buitres  y hienas.  En la osamenta de su madre no se posarían los cuervos.  La tribu, con agudas lanzas y afilados pedernales, excavó un hoyo y arrastró piedras enormes. Cuando rompió el alba, el cromañón envolvió en una piel de oso el cuerpo rígido y lo depositó en el hoyo con un puñado de nueces para el viaje. Cubrieron la tumba con las losas, saludaron al sol, todavía ensangrentado por las aguas de la noche, y la horda regresó a la caverna para avivar el fuego.

La ficción, los enterramientos y la religión nacieron en el mismo parto. Ahora la tribu recorría la estepa abrigada por una creencia que daba más calor que las pieles de reno que cubrían sus cuerpos.

En  milenios sucesivos la literatura desplegó sus múltiples recursos.  Uno de ellos, su enorme potencial crítico, se tornó demoledor cuando apareció la imprenta.  La capacidad de difusión de ideas subversivas alarmó al poder, a cualquier poder, y comenzaron las listas de libros prohibidos.  Los más seductores.

Voy a repasar las obras seminales descubiertas en la primera juventud, esas que de alguna manera forjan la personalidad.

Una obra determinante para mí fue El Lazarillo. Estaba haciendo segundo de Historias en la facultad zaragozana,  tenía poco más de veinte años.  Estudiábamos el Imperio Español.  Una profesora nos invitó a leer El Lazarillo para complementar la visión histórica.  La obra se había publicado en 1554, poco después de que Tiziano pintara el magnífico retrato ecuestre de Carlos V, vencedor de la batalla de Mühlberg.  En aquel crepúsculo épico de grandeza, ¿cómo vivía la gente?  Oigamos a Lázaro: Pues sepa vuestra merced que he pasado hambre toda mi vida y, ahora que estoy “en el lado de los buenos”, me dicen que si mi mujer se acuesta con el Arcipreste de San Salvador de Toledo.  Déjenme en paz, lo sé desde hace tiempo, nos viene a confesar con un guiño elusivo Lázaro: ahora pregono los vinos del arcipreste y como todos los días.  Para mí esta lectura fue una epifanía, comprendí que se podía usar la pluma como un escalpelo para describir el alma de una sociedad.  De pronto palidecían los libros de Historia, incluso  El Mediterráneo de Braudel, que me había encantado. Y con esa prepotencia ignara de los veinte años años me dije que iba a ser escritor, para contar lo que sucediera en mi sociedad.

Por ese tiempo leí El Quijote.  Cervantes concibió la obra en la cárcel de Sevilla. Pasaba de los cincuenta y a sus espaldas cargaba con una vida azarosa. Manco, pobre y encarcelado.  Tenía una hija fuera del matrimonio con la que nunca se llevó bien.   Literariamente era un fracasado, solo había publicado una novela pastoril con escaso éxito.  Reunía todas las condiciones para que su pluma destilara amargura. Sin embargo optó por la ironía sutil para crear a un loco que pretende cambiar el mundo.  En la segunda parte, publicada a los 68 años (le faltaban meses para “poner el pie en el estribo”) la ironía se tiñe de melancolía y humanidad:  todos se burlan de los locos utópicos que quieren cambiar el mundo.

Por esa época alguien trajo al piso de estudiantes la novela 1984. Corría el año 74 ó 75, llevábamos el pelo hasta los hombros e íbamos a cambiar el mundo.  (¿Quién no ha soñado a los veinte años con cambiar el mundo?).  La novela me perturbó y me inoculó la duda.  ¿Y si nos estuvieran engañando?  Poco después Solzhenitsyn, con su Archipiélago Gulag lo confirmó, nos estaban engañando. La URSS era un presidio para los pensadores libres. Orwell, herido gravemente en el cuello en el frente de Huesca, se posicionó en esta novela singular de larguísimo recorrido, contra los suyos, se enfrentó a la corriente cálida de los que piensan como uno mismo. Qué difícil es ser disidente de tus amigos.

La potencialidad de la literatura para adentrarse en los abismos del futuro es asombrosa.  Una lectura inquietante,  también de la primera juventud, fue Un mundo feliz.  La novela te obliga a enfrentarte a dilemas esenciales, ¿drogados con el soma seríamos más felices? Además, sorprende su capacidad de anticipación.  Quizá en esta misma década se planteen los dilemas éticos que anticipo Huxley, porque tecnológicamente hoy en día es posible modificar el ADN para diseñar un humano alfa, destinado a la alta dirección, o un humano épsilon, capaz de realizar los trabajos sucios sin rebelarse.  Harari vaticina que comenzaremos a manipular el ADN con fines médicos, pero a partir de ahí la carrera será imparable.  Huxley supo ponernos, hace casi noventa años, al borde del precipicio.

Termino con este repaso le lecturas esenciales de juventud recordando el estremecimiento que sentí al finalizar  Réquiem por un campesino español de Sender.  Mosén Millán, torturado por los recuerdos, espera que alguien entre en la iglesia para celebrar la misa de funeral de aniversario de Paco.  Ha enviado varias veces al monaguillo a comprobar si hay alguien en la iglesia, que permanece vacía. En la última comprobación entra el monaguillo en la sacristía y grita:  ¡En la iglesia hay una mula! Los cascos del potro de Paco el del Molino patean las losas de la iglesia desierta, el eco en las bóvedas… La primera vez que lo leí  me sacudió un escalofrío, qué imagen tan poderosa.  Lo he vuelto a releer y el estremecimiento ya no tiene la misma intensidad.  Nada es como la primera vez.

En fin,  con este somero repaso de mis lecturas juveniles pretendía mostrar el poderío de la literatura e invitaros a reflexionar sobre el poso que dejan las lecturas en la formación del carácter. Cualquiera de vosotras, de vosotros, podría describir los estremecimientos, gozosos o aterradores, que experimentó leyendo.  En el momento que acabas una buena novela o un poemario que te ha deslumbrado,  ese instante mágico,  contemplas tu vida en perspectiva y se iluminan verdades que te ayudan a seguir viviendo.

Cada obra señera deja un sedimento y finalmente, cuando te vas cargando de años, como es mi caso, comprendes que hay estratos de tu personalidad, de tus dudas y creencias, emparentados directamente con lo literario.  Por eso seguimos leyendo. Y por eso la literatura,  a la que siempre pronostican su decadencia, tendrá larga vida.  El libro, como decía Vázquez Montalbán, seguirá existiendo porque sirve de conciencia al ser humano.

Quiero terminar el pregón haciendo mención a una situación excepcional. Hace unos años escribí un artículo en El Periódico de Aragón titulado “Pasen y lean”. Comenzaba diciendo que si en literatura hubiera competiciones como en el fútbol, Aragón jugaría la Champions. Pese a estar orgulloso de ser aragonés, no tengo veleidades chovinistas.  Mis preferencias literarias corren parejas a mis gustos con el vino: me encantan los caldos de la tierra, pero estoy abierto a los vinos de cualquier región de España o del mundo.  En literatura no hay patrias.

Ocupamos una posición cimera en novela histórica, con repercusión nacional e internacional. Lo mismo ocurre en literatura infantil y juvenil, un género estúpidamente considerado menor, pero donde se fraguan los lectores del futuro. Premios como Gran Angular, Anaya, Lazarillo, El Barco de Vapor, Edebé o el Cervantes Chico han recaído repetidas veces en los últimos años en autores aragoneses. Los ilustradores también están a la altura. La novela, sea de autoficción, generacional, negra, de conflicto familiar,  goza de excelente salud . Afortunadamente  no hay una “escuela aragonesa” sino una heterogeneidad estimulante. Además vienen jóvenes novelistas con una fuerza inusitada, lo que garantiza la continuidad.  Me dicen que la misma fertilidad existe en poesía o en teatro. En ensayo hay una frescura estimulante:  se acuñan conceptos como la España vacía, se reescribe el siglo veinte con Una violencia indómita o, enlazando con la pregonera anterior, sabemos que el Infinito está en un junco.

Quizá en el interior del bosque no se aprecian sus límites.  Pero es hora de abrir el balcón y contemplar con orgullo la plaza: vivimos, en Aragón y en Zaragoza, una situación excepcional.

Concluyo deseando prosperidad a las cuatro columnas de la literatura: el primer lugar a los escritores, para que nos sigan provocando y sorprendiendo con sus propuestas. Me parece sugerente la definición de Camus: un escritor es quien trasmite  su subjetividad con tanta fuerza que vivifica al lector. En segundo, a los editores.  Mario Muchnik, mi primer editor, me dio una definición elocuente:  el editor es el que arriesga su dinero por tus sueños.  El tercer lugar, a los libreros, que los tenemos excelentes en Zaragoza. Leen, orientan, te consiguen libros inencontrables… Para los lectores son templos laicos, cada librería que se cierra perdemos un espacio de libertad.  Y en cuarto lugar, a los que son el verdadero sustento de esta feria: buena suerte a los lectores, sin cuya contribución el edificio se vendría abajo.

Como broche un deseo que todos compartimos: que en la próxima feria nadie tenga que estar embozado.  Que se acaben los golpes de codo, los besos virtuales y vuelvan los abrazos efusivos.  Feliz feria a todos.